lunes, 17 de octubre de 2011

Otro mundo.

Los sonidos se mezclaban entre sí, haciendo una melodía inesperada y profunda que jamás se acababa. Por la noche, grillos cantando a todo volumen y la fiebre de las pequeñas aves. El resto del día, un algarabío de murmullos entre las calles sin final, cantos desesperados, gritos descontrolados, ecos que no entendían de repeticiones y voces llenas de acentos que jamás lograbas identificar. Todo radiante, todo vivo. Las Ramblas latían como cualquier otro día.
Cual ancianos de épocas pasadas, que sentadas miran sin perderse ni un solo detalle de lo que pasa en la aglomerada rambla, mientras sus abanicos barceloneses se mueven en vano, los antiguos edificios se ciernen sobre la multitud. Antiguos, con arrugas que el tiempo ha empeorado y elegantes colores pastel que pintan la fachada con esencia de romanticismo. Clásicos, imperturbables, espiando la vida de personas que se ocultan dentro de ellos. Las farolas negras, fieles compañeros, les ayudan a observar, escondiendo su luz a pleno día, multiplicando su fuerza.
Miles de corazones laten sin sincronía aparente, miles de cuerpos caminan de un lado para otro, de distintas alturas, de distintas personalidades, de distintos idiomas y países; pero disfrutando de algo singular. Los colores se difuminan, los carbones se mueven por el lienzo, ocultando su blancura, tapándola con originales caricaturas que hacen reír y retratos bien admirados de gente corriente e importante. Recuerdos en pinceles manchados, olvidos de los buenos artistas mal pagados. Arte sobre arte, dinero ante todo. Todo rodeado por suvenires y sombrillas multicolor.
Más allá de las calles concurridas y los pintores hechizantes de lienzos, se extiende el mar. Frío, azul, con las corrientes transportando agua de otro pasado. El agua viva de olas, disfrutando del sol, recordando demasiado tarde de las gafas para defenderse de él. Sus peces nadan, solo pensando en la comida de los turistas y en las algas del puerto. A su alrededor, barcos sencillos con una entrañable belleza, veleros que solo piensan en izar y cruceros que viven del placer del océano; todos ellos haciendo sombra a las aguas que les hacen vivir. En tierra firme, en cambio, el olor de crepes recién hechas y gofres con nata y chocolate endulzado cubre todo a su alrededor, obligándote a comprarlos, a tragarlos, a saborear su placer.
La hierba verde crece rebelde, comiendo el césped con humedad y besos de turistas enamorados del paisaje. Otros, más fatigados por haber sobrepasado su nivel de fascinación, echan la siesta en una tarde calurosa de otoño, donde las gaviotas vuelan felices, buscando un pez hambriento que pescar. Las risas y las palmeras altas repletas de dátiles quemados quedan en segundo lugar, cuando se escucha el sonido de La golondrina partiendo en el puerto, con turistas emocionados en su estomago.
Así es Barcelona, llena de magia que no encontraras en ningún otro lugar.


4 comentarios:

  1. Muy buena entrada! :) Te sigo! ;D
    Me sigues?
    Besos!

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  2. Grcias por pasarte, te sigo
    Precioso ^^
    Un beso

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  3. Hermoso, que me ha gustado. Hay muchos paises de europa que me encantan y uno de ellos es el que describiste, excelente texto.
    Muchas gracias por tu comentario. un abrazo grande!

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  4. te sigo aca tmb!
    escribes tan bien q me tiene sorprendida,disfrutando tu lectura..
    besos!!

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